Que bárbaro. Pasaron apenas unos 15 o 20 días desde que se llevaron a la Vicky, y el Coca ya andaba haciendo de las suyas en el Martínez Durán.
Es increíble como es que uno pensaba que, aquéllas cosas que sentíamos hacia otra persona del sexo opuesto, se llamaba “amor”. No. No era nada de eso, aunque la afirmación venimos a descubrirla algunos años más tarde. Talvez a algunos ya cuando les salieron las primeras canas.
Pues bien, se fue la Vicky y me quedé solo… ¡o libre!. Y al Coca se le metió el Monzón, o sea, el indio –no le digan “indio” al indígena porque los pueden meter presos. Oficialmente, ya es un delito decir “indio”- y comenzó, también a saber por qué, a echarle los canes colmilludos a “la Adriana” (si, ya se: la mesa, la silla, etc.).
En un día normal, de esos en los que todos se ponían a jugar basket o a pasar el rato en las banquitas que rodeaban las canchas o, mejor aún, a estar pelando a la gente en el murito ese que nos separaba del EFPEM, me picó el zancudo de la ansiedad y de querer sentir, por lo menos un ratito, un poquito de cariño con más calorcito de parte de mi querida amiguita (por chiquita) Adriana.
Aunque nadie se lo crea, y menos yo, la chiquita esta me comenzó a gustar. No se si mucho, pero me comenzó a gustar. Creo que, ya para ese tiempo había conocido y comenzado a platicar, honestamente tampoco recuerdo cómo fue, con Dorothy, esa mujer que llego a ser lo mejor de lo mejor para mi.
Ruégoles me disculpen. No estoy seguro si esto fue en 1991 0 1992. Yo creo que fue en 1º porque recuerdo que fue poco después que la Vicky se fue. Aunque, en la última reunión, Dorothy cuenta que le decía a Adriana que me hiciera caso. Lo siento, lagunas mentales difíciles de recuperar.
Lo cierto es que a mi se me metió el zancudo y la gana de hacer mi novia a Adriana.
Yo creo que fue un recreo. No logré entender por qué, pero las canchas de basket siempre estuvieron algo así como que “divididas”. En la parte sur de ambas canchas, siempre hubo gente ‘intrascendental’. Desconocidos. En la parte norte, solo personas semi populares. ¿Nunca se dieron cuenta que Marco era un muy buen jugador de basket junto con el otro moreno que estaba con él –fanatiquísimo de los “Bulls” de Chicago- y que solo jugaban en la parte norte de la cancha que estaba más cerca de la cafetería del EFPEM? Esa área como que era solo para los que, de verdad, sabían jugar el deporte. Pues “a saber”. Lo que si no olvido es que en el área norte de la cancha que estaba cerca del muro, que no comenzaron a construir sino hasta que nosotros comenzamos a estudiar allí (antes no había muro sino que solo una malla mal parada en la que podíamos ver cuántos carros pasaban por la Petapa y los conductores podían ver cuántos hijos de su madre andaban escapándose de sus aulas en horas de clase), perdí como dos suéteres… y qué mal matadas me daba mi mamá cada vez que perdía el suéter gris con cuello en “V”.
Pues, volvamos, fue un recreo. Y le dije a Adriana, si mal no recuerdo, “¿Puedo hablar contigo?”. Cuando uno va a decirle algo decisivo a una persona que quiere, lo hace de dos maneras que son harto predecibles: si pregunta ¿puedo hablar contigo? Le está indicando que desea hacerle saber algo de manera íntima con deseo de respuesta y la otra persona ya sabe qué cosa le van a preguntar y qué línea sentimental lleva el tema que, a continuación, tocarán. Pero, por el contrario, si la pregunta o la frase es “Quiero hablar contigo o TENGO que hablar contigo”, ya sabe uno que, lo más seguro, es que lo manden a volar o le indiquen a uno que la relación existente entre ambas personas, simplemente, se va a ir a la basura.
Pues bien, yo pregunté: ¿puedo hablar contigo? Y, seguramente, la otra ya sabía que rayos iba yo a decir. Lo deduje por la cara que me puso luego que le pregunté. Lástima que la mente guarda imágenes que no pueden imprimirse en ningún tipo de papel, ni siquiera con los últimos avances de la tecnología actual. Pues hicimos una conversación bastante frívola. Ya me imaginaba yo que aquello no iba a llegar a ningún lado. Nos sentamos en una de las banquitas que, si alguna vez se fijaron, tenían bonitos acabados en las “patas” de las mismas. Un contorneado algo interesante pero seguramente sencillo de hacer para los maestros de la escultura de hoy. Además las bancas tenían toque: eran con puntas curvas y la línea curva, sabrán, es la expresión de la belleza. Por eso a nosotros los hombres nos gustan las curvas de las mujeres y, mientras más curvas, mejor. Pero, decía, estábamos en la banca, y no había modo que yo me atreviera a hacer la misma estúpida pregunta. Y es que, como Adriana se empeñaba en evadir cada cosa que yo preguntaba, ya no estaba muy seguro yo de decirle lo que tenía que decirle. Miraba yo para todos lados y los compañeros corriendo de arriba abajo. Yo deseaba que no fueran a tocar el timbre porque, seguro que íbamos a tener clase con la Albamerica y ya no iba a tener la oportunidad de hablar con Adriana. La banca esa, para que se ubiquen, estaba al costado oeste de la cancha que estaba próxima a la cafetería del EFPEM. De hecho, era la segunda, creo, viniendo de norte a sur (¿los hago bolas?). Creo que, algo lejos, acechando, estaba Manuela siempre pendiente de ver qué pasaba. Es que Manuela y Adriana siempre andaban juntas. De seguro esta ya sabía lo que yo iba a decirle a aquélla.
Entonces, después de tantas vueltas que le di al asunto (ya vieron que no soy nada bueno para eso, j eje), por fin lancé el golpe y pregunte lo que ahora, francamente, no me agrada reproducir: “Adriana, ¿quieres ser mi novia?”
Han pasado, más o menos, 16 años de aquel atrevimiento y aún no olvido la méndiga respuesta:
“No, porque la Vicky me hizo prometerle que, si alguna vez tu te me declarabas, yo le iba a decir que no y no puedo faltar ni romper esa promesa”.
Mendiga Vicky, me jodió aquí y sin estarlo.
El 22 de diciembre pasado me enteré, en confesión tipo Big Brother, que lo de la promesa era mentira y que, simplemente, yo no le gustaba a Adrianita.
Adriana: Un beso a la distancia.
Feliz fin de semana para tod@s.
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