La Seño Etelvina.

Una de las cosas que, a estas alturas, son interminables, son las comprobaciones de lectura. Y digo interminables porque empecé a tener conocimiento de las mismas o, por lo menos, llamarlas de ese modo, justamente en el buen año de 1991, con la maestra de Idioma Español. Por supuesto que antes, en mis años de primaria, ya me hacían las mentadas comprobaciones, pero nadie las llamaba así. El término sonaba “interesante”, digamos. Y, cuando digo interminables, es porque aún no terminan (o es que el que no termina soy yo, porque ya van 11 años de Universidad ¡Y no hay modo!).
El caso es que, en Idioma Español, tuvimos las comprobaciones de lectura y, si no estoy mal, todo fue “por culpa” de la obsesionada maestra Etelvina (a puras penas me acordé del nombre, no me pregunten el apellido). Una maestra, en lo que recuerdo, cachetoncita, morena clara, ojos claros, boca chiquita, pelo digamos que rizado o medio colocho y muy pequeña. Eso sí, una proyección de voz impresionante y, como todos o casi todos los maestros de aquélla época, una letra cursiva bellísima.
Esta maestra fue la que, aparte de las comprobaciones de lectura, se tomaba –o nos hacía tomar- “la molestia” de hacernos un examen autocrítico de nosotros mismos. ¿Cómo lo hacía? Con un famosísimo ensayo, que venía de generación en generación –porque a mi hermana mayor también le tocó hacer el mismo ensayo-, que llevaba por nombre “¿QUIÉN SOY YO?”. Resulta que tenías que escribir en unas 5 hojas, más o menos, quién eras, qué hacías, en dónde vivías, cómo vivías, con quién y por qué hacías las cosas que hacías. Todo a mano, y no porque en ese entonces no existieran las máquinas de escribir -a parte que muchos todavía no sabíamos usarlas-, sino porque estaba empeñada en que uno escribiera para juzgarle la ortografía y, por supuesto, la caligrafía (méndiga caligrafía).
“¿Quién soy yo?” era la pregunta que me hacía con la mano puesta en la barbilla y mirando hacia el horizonte, cuando de pronto llegó una amiga de mi hermana mayor a la casa. Cuando esta amiga de mi hermana, que si mal no estoy se llama Paty, vio el trabajo que estaba haciendo, me dijo: “¡No hombre! Si eso es bien fácil. ¿Querés ser el ejemplo de tus clases con esa maestra y que para cualquier cosa siempre te pregunte a ti y que piense que eres el más pilas? Si me lo hubiera preguntado en estos años, mi respuesta hubiera sido ¡A HUEVOS! Pero, en aquellos años la inocencia aún no estaba perdida, ni podrida. Pues ¿cómo le hago? –Fácil, en lo que vas escribiendo, vas poniendo fotos de cuando tu eras pequeño. Poné fotos, fotos y muchas fotos y ponelo así, bonito. Ahí vas a ver si después te dice “Monzón aquí”, “Monzón allá”. Te lo digo porque así lo hice yo cuando ella me dio clases y no dejaba de ponerme de ejemplo, ¡hasta mal me caía eso después! ¡Preguntale a tu hermana, vas a ver!.
Pues, dicho al hecho, y la cosa que me costó un repecho (¿?) Voy con el trabajo y las fotos –que a saber qué se hicieron las mendigas fotos esas, mucho menos el trabajo- y ¡ZAZ! ¡Qué razón tenía la Paty! ¡Ay Dios! Fui la idolatría de la maestra por meses. Me ponía a leer para todos, me felicitaba por mi letra, me preguntaba siempre de los libros de José Milla y un montón de cosas más que, gracias a Dios, no me acuerdo a estas alturas. Ella siempre pensó que la idea había sido mía y solo mía… pero ahora ustedes saben la verdad.

Un día la maestra estaba dándose un baño, cuando de repente ¡resbaló!
Esa fue la última ducha de su vida… y también su último día.
Nosotros acabábamos de salir del 3º básico cuando eso pasó, según dicen.

La seño Etelvina. ¡Grande ella! ¡Qué sabiduría! Y uno que no la ve hasta cuando está lejos.
Talvez por eso estamos todos nosotros, los de aquéllos años, lejos ahora…

...para querernos como nos estamos queriendo.


Saludos.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Que originalidad la tuya amigo!