Dicen que en los frascos más pequeños, se guardan las mejores esencias. Para algunos, claro, apunta mejor aquello que dice que lo que allí se guarda son los venenos más fuertes, pero no se debe olvidar que, en los mismos frascos pequeños, también se guardan las muestras y, lo mejor, ¡se regalan!
Pero, en la pequeñez está la salvación y la verdadera entrega. Prueba de ello fue la mismísima “Seño” Palmi. Esa maestra que todo el mundo quiso y nadie pudo olvidar. Generaciones tras generaciones pasaron por el salón oscuriverde del Martínez Durán llevándose consigo, no solo las notas melódicas de una canción, sino todo el amor armónico que una maestra podía irradiar y entregar.
La Seño Palmi tenía ese no sé qué que pocos tienen. Ese no sé qué que nadie olvida. Ese no sé qué que, aunque ella ya no está entre nosotros, aún permanece.
A ella le tocó llegar al principio del año. Afanosa, más que en enseñarnos la música, en que aprendiéramos a tocar la flauta u otro instrumento musical. Para ser honesto, hubiera querido yo ponerle la atención al asunto, así como se la puse por allá por 1999: hasta canté con mi guitarra canciones revolucionarias frente a unas 400 personas en un concierto insurrecto… pero esa historia es de otras memorias.
Pues, empeñada, ella, en hacernos cantar. Recuerdo que había una canción que nos enseñó donde iban ciertas notas, digamos, DO, SOL FA Y RE, por decir algo. Pues, digamos que la clase se partía en cuatro: los de la derecha, arriba; los de la derecha, abajo; los de la izquierda, arriba; los de la izquierda, abajo. Y, entonces, los de la derecha, arriba, comenzaban: DO, DO, DO, DO,…. Y, unos cuantos tiempos musicales después, seguían los de la izquierda, abajo: SOL, SOL, SOL, SOL, SOL,… y al mismo tiempo. Otros tiempos después, entraban los de la derecha, abajo: FA, FA, FA…. Y por ultimo, los de la izquierda arriba: RE, RE, RE, RE…. El fin era que, juntos, cada grupo con su nota, formáramos una especie de acorde musical hecho a voces… ni siquiera las chicas del coro podían estar tan desafinadas.
Otro día nos ponía a cantar otra canción. Yo creo que hasta en inglés cantamos, pero, como siempre, no me acuerdo bien. También, como lo dije en la memoria anterior, aprendimos a cantar “El Hombre de Crogmañón”. Prometo que hoy mismo busco mi cuaderno de música y les cuento qué otras canciones aprendimos, porque todavía tengo por allí mi cuaderno de música.
La Seño Palmi era tan especial, que un día la fueron a buscar al instituto alumnas de la escuela donde antes ella daba clases. Esta maestra era la única, si mal no estoy, que nos daba tarjetitas cuando salíamos de vacaciones, diciéndonos que nos iba a extrañar bastante. ¿Se imaginan qué paciencia ponerse a hacer tarjetitas para todos los alumnos de ese entonces?
Allí comprobamos todos, sin duda, que los cuerpos más pequeños envuelven a los corazones más grandes. Talvez las arrugas que surcaban por su rostros solo eran un reflejo de la cantidad de historias de amor que había vivido.
No regañaba, o era muy raro que lo hiciera. No gritaba… aunque no estoy seguro si era ella la que somataba una regla de madera en la pizarra para callarnos cuando había mucha bulla.
En otra ocasión, llevó, para que todos le conociéramos, al, creo, tío segundo de mi abuelo paterno: el gran maestro José Ernesto Monzón, el autor de “Soy de Zacapa”, entre otras melodías. “El cantor del paisaje” le decían –por si no sabían-. Recuerdo que todos teníamos que hacer una fila para que el Maestro nos autografiara el cuaderno. A mí me pregunto: ¿Cómo te llamás patojo? –Oscar Monzón, le dije. –MMMM, habremos de ser parientes”. Yo solo me reí y me dio unas palmadas en la espalda y me estrecho la mano. Aquélla visita, realmente, era trascendental, pero, como siempre, seguro que no le dimos la importancia del asunto.
Pues eso, entre otras cosas que pudimos pasar allí. Eso sí, los dictados de la Seño Palmi si eran algo grandes. Y hubo tiempo, si no estoy mal, que era solo dictado, tras dictado, tras dictado. Refrésquenme esta memoria si lo que afirmo no fue así (lo voy a agradecer mucho).
La Seño Palmi fue la única que lloró cuando nosotros nos fuimos. Bueno, y cuando se fueron los del siguiente año, y los del siguiente, y los del siguiente, etc.
Talvez cada lágrima que dejaba marcada su mejilla con otro año más de vida, solo era el consuelo de la resignación de que la vida misma continúa como el tiempo y que, un día, uno pasa a vivirla en otro lado. Talvez ella sí entendía que la vida es idéntica al amor, como dice Cabral: “Nunca se muere, solo cambia de lugar”.
Que la música siga, allá donde vive ahora.
Mi abrazo fuerte para tod@s.
Pero, en la pequeñez está la salvación y la verdadera entrega. Prueba de ello fue la mismísima “Seño” Palmi. Esa maestra que todo el mundo quiso y nadie pudo olvidar. Generaciones tras generaciones pasaron por el salón oscuriverde del Martínez Durán llevándose consigo, no solo las notas melódicas de una canción, sino todo el amor armónico que una maestra podía irradiar y entregar.
La Seño Palmi tenía ese no sé qué que pocos tienen. Ese no sé qué que nadie olvida. Ese no sé qué que, aunque ella ya no está entre nosotros, aún permanece.
A ella le tocó llegar al principio del año. Afanosa, más que en enseñarnos la música, en que aprendiéramos a tocar la flauta u otro instrumento musical. Para ser honesto, hubiera querido yo ponerle la atención al asunto, así como se la puse por allá por 1999: hasta canté con mi guitarra canciones revolucionarias frente a unas 400 personas en un concierto insurrecto… pero esa historia es de otras memorias.
Pues, empeñada, ella, en hacernos cantar. Recuerdo que había una canción que nos enseñó donde iban ciertas notas, digamos, DO, SOL FA Y RE, por decir algo. Pues, digamos que la clase se partía en cuatro: los de la derecha, arriba; los de la derecha, abajo; los de la izquierda, arriba; los de la izquierda, abajo. Y, entonces, los de la derecha, arriba, comenzaban: DO, DO, DO, DO,…. Y, unos cuantos tiempos musicales después, seguían los de la izquierda, abajo: SOL, SOL, SOL, SOL, SOL,… y al mismo tiempo. Otros tiempos después, entraban los de la derecha, abajo: FA, FA, FA…. Y por ultimo, los de la izquierda arriba: RE, RE, RE, RE…. El fin era que, juntos, cada grupo con su nota, formáramos una especie de acorde musical hecho a voces… ni siquiera las chicas del coro podían estar tan desafinadas.
Otro día nos ponía a cantar otra canción. Yo creo que hasta en inglés cantamos, pero, como siempre, no me acuerdo bien. También, como lo dije en la memoria anterior, aprendimos a cantar “El Hombre de Crogmañón”. Prometo que hoy mismo busco mi cuaderno de música y les cuento qué otras canciones aprendimos, porque todavía tengo por allí mi cuaderno de música.
La Seño Palmi era tan especial, que un día la fueron a buscar al instituto alumnas de la escuela donde antes ella daba clases. Esta maestra era la única, si mal no estoy, que nos daba tarjetitas cuando salíamos de vacaciones, diciéndonos que nos iba a extrañar bastante. ¿Se imaginan qué paciencia ponerse a hacer tarjetitas para todos los alumnos de ese entonces?
Allí comprobamos todos, sin duda, que los cuerpos más pequeños envuelven a los corazones más grandes. Talvez las arrugas que surcaban por su rostros solo eran un reflejo de la cantidad de historias de amor que había vivido.
No regañaba, o era muy raro que lo hiciera. No gritaba… aunque no estoy seguro si era ella la que somataba una regla de madera en la pizarra para callarnos cuando había mucha bulla.
En otra ocasión, llevó, para que todos le conociéramos, al, creo, tío segundo de mi abuelo paterno: el gran maestro José Ernesto Monzón, el autor de “Soy de Zacapa”, entre otras melodías. “El cantor del paisaje” le decían –por si no sabían-. Recuerdo que todos teníamos que hacer una fila para que el Maestro nos autografiara el cuaderno. A mí me pregunto: ¿Cómo te llamás patojo? –Oscar Monzón, le dije. –MMMM, habremos de ser parientes”. Yo solo me reí y me dio unas palmadas en la espalda y me estrecho la mano. Aquélla visita, realmente, era trascendental, pero, como siempre, seguro que no le dimos la importancia del asunto.
Pues eso, entre otras cosas que pudimos pasar allí. Eso sí, los dictados de la Seño Palmi si eran algo grandes. Y hubo tiempo, si no estoy mal, que era solo dictado, tras dictado, tras dictado. Refrésquenme esta memoria si lo que afirmo no fue así (lo voy a agradecer mucho).
La Seño Palmi fue la única que lloró cuando nosotros nos fuimos. Bueno, y cuando se fueron los del siguiente año, y los del siguiente, y los del siguiente, etc.
Talvez cada lágrima que dejaba marcada su mejilla con otro año más de vida, solo era el consuelo de la resignación de que la vida misma continúa como el tiempo y que, un día, uno pasa a vivirla en otro lado. Talvez ella sí entendía que la vida es idéntica al amor, como dice Cabral: “Nunca se muere, solo cambia de lugar”.
Que la música siga, allá donde vive ahora.
Mi abrazo fuerte para tod@s.
Comentarios
Por cierto Coca recordas a Miss Chang y a Mrs Reyes?
Saludos,
Mayra