Si había una clase que me gustaba, esa era la de música. Y es que, como dice el viejo adagio: “de poeta, músico y loco, todos tenemos un poco”. Yo no sé si tuve de las tres o solo de una, pero ahí voy.
Pero, la clase esa me gustaba. Y cuando digo la clase, hago una dualidad de significados en lo que digo, porque, me gustaba la clase de música, por la música; y me gustaba la clase de música por el salón a donde debíamos ir.
¿A poco no era caquero para esos días? Butacas de dos piezas con, si tenías suerte, tu propio tablerito incorporado, salón grande donde podías estar fregando la pita en la parte de atrás, asientos escalonados que hacían más evidente cuando uno llegaba tarde al salón, etc.
Algo había en ese salón que tenía una química especial, ¿o no?
Pues, allí encontrabas de todo (que no quiere decir que todo lo podías usar). Por ejemplo, a la vista de todos los presentes había una marimba. Fue rara la vez que la vi destapada. En un cuartito que había atrás, había guitarras, redoblantes –últimos vestigios de lo que, aparentemente, había sido una banda escolar del instituto- y otros instrumentos musicales que, para variar, ahora no me acuerdo.
Talvez lo único medio malo que tenía el salón, es que era medio oscuro. Recuerdo, si la memoria no me falla y no es daltónica, que era verde. Un verde pizarrón que hacia medio tenebroso el lugar. O es que mis recuerdos se están poniendo verdes en mi cabeza o las ideas se me están poniendo oscuras.
Al mando estaba el Mandibulín. No recuerdo como se llamaba ese profesor. Alto, delgado, con anteojos y un su mostachito que, de plano, para él era medio sexy. Le decían “mandibulín” por el mismo motivo que un tal “werner” tenía apodo (ustedes, mujeres, sabrán).
Ese mandibulín tuvo la osadía de iniciarnos en la música selecta. Música clásica, pues, para los ávidos de cultura musical. Nos presentó a Bethoven y, seguramente, también a Mozart y a Hendel. No recuerdo bien, pero sí estoy seguro que fue allí, en esa clase de música, con el mandibulín, cuando aprendí que la melodía con la que entra “El Chavo del 8” era un fragmento de un movimiento de una melodía de música clásica. Bárbaro ¿no?
Pero, un día, don “cuento”, mandibulín, tuvo la “brillante” idea de enseñarnos el pentagrama, en clave de sol, y meternos en la cabeza, de manera gráfica, las equivalencias de los símbolos musicales que aparecen en el susodicho pentagrama: las corcheas, las blancas, las negras, las semicorcheas, las redondas, etc.
¡a-la-ma-dre¡ Esa clase fue dura. Cada uno tenía que pasar al pizarrón y mostrar las equivalencias. Por ejemplo, si Marco pasaba al frente, el maestro le decía: “Dibújeme 2 redondas”. Y tenía Marco que hacer las redondas. Pero después pasaba, digamos, Adriana, y el Prof. le decía “Hágame 2 redondas pero en corcheas” y va Adriana y hace la cantidad de corcheas que caben en 2 redondas, y después pasaba Manuela, por decir, y el Prof. atacaba: “Póngame las 2 redondas pero en negras” Y va Manuela a hacer la equivalencia… ¿Y si no te acordabas? ZAZ!!! La cagada fantasma. Qué huevos.
Dos cosas hacían más horrenda aquélla clase: los que íbamos pasando, si no íbamos por lista, íbamos pasando de acuerdo al lugar donde estábamos sentados –no recuerdo cuál de las dos fue el método- y, la segunda cosa, era que, cuando te tocaba hacer los míseros círculos de las figuritas esas, a puro huevo, A PURO HUEVO, tenías que hacer, primero la mitad del círculo abajo, y después la mitad del círculo arriba. Si no lo hacías así… ¡TOMA! Te caía la regañada del Mandibulín.
Más o menos unos tres meses después de haber comenzado las clases, allá por 1991, los que fueron a sufrir todo el merequetengue de las corcheas, negras, fusas y difusas, fueron los de Comercio o del Aqueche –para variar, no me acuerdo- porque el Prof. hizo intercambio de plazas y llegó, en su lugar, la muy bien y gratamente recordada Seño Palmi.
La misma que dejó por un lado a Bethoven y se esmeró en que aprendiéramos de memoria “El Hombre de Crogmañon”:
El hombre de Cro,
el hombre de Ma,
el hombre de ñon…
El hombre de crog ma ñon,
pedrito pedrusco pedroso era un hombre de piedra y de gran corazón,
la la la”.
Estoy seguro que la Seño Palmi, se merece un capitulo aparte.
Abrazos clásicos y besos musicales para tod@s.
Pero, la clase esa me gustaba. Y cuando digo la clase, hago una dualidad de significados en lo que digo, porque, me gustaba la clase de música, por la música; y me gustaba la clase de música por el salón a donde debíamos ir.
¿A poco no era caquero para esos días? Butacas de dos piezas con, si tenías suerte, tu propio tablerito incorporado, salón grande donde podías estar fregando la pita en la parte de atrás, asientos escalonados que hacían más evidente cuando uno llegaba tarde al salón, etc.
Algo había en ese salón que tenía una química especial, ¿o no?
Pues, allí encontrabas de todo (que no quiere decir que todo lo podías usar). Por ejemplo, a la vista de todos los presentes había una marimba. Fue rara la vez que la vi destapada. En un cuartito que había atrás, había guitarras, redoblantes –últimos vestigios de lo que, aparentemente, había sido una banda escolar del instituto- y otros instrumentos musicales que, para variar, ahora no me acuerdo.
Talvez lo único medio malo que tenía el salón, es que era medio oscuro. Recuerdo, si la memoria no me falla y no es daltónica, que era verde. Un verde pizarrón que hacia medio tenebroso el lugar. O es que mis recuerdos se están poniendo verdes en mi cabeza o las ideas se me están poniendo oscuras.
Al mando estaba el Mandibulín. No recuerdo como se llamaba ese profesor. Alto, delgado, con anteojos y un su mostachito que, de plano, para él era medio sexy. Le decían “mandibulín” por el mismo motivo que un tal “werner” tenía apodo (ustedes, mujeres, sabrán).
Ese mandibulín tuvo la osadía de iniciarnos en la música selecta. Música clásica, pues, para los ávidos de cultura musical. Nos presentó a Bethoven y, seguramente, también a Mozart y a Hendel. No recuerdo bien, pero sí estoy seguro que fue allí, en esa clase de música, con el mandibulín, cuando aprendí que la melodía con la que entra “El Chavo del 8” era un fragmento de un movimiento de una melodía de música clásica. Bárbaro ¿no?
Pero, un día, don “cuento”, mandibulín, tuvo la “brillante” idea de enseñarnos el pentagrama, en clave de sol, y meternos en la cabeza, de manera gráfica, las equivalencias de los símbolos musicales que aparecen en el susodicho pentagrama: las corcheas, las blancas, las negras, las semicorcheas, las redondas, etc.
¡a-la-ma-dre¡ Esa clase fue dura. Cada uno tenía que pasar al pizarrón y mostrar las equivalencias. Por ejemplo, si Marco pasaba al frente, el maestro le decía: “Dibújeme 2 redondas”. Y tenía Marco que hacer las redondas. Pero después pasaba, digamos, Adriana, y el Prof. le decía “Hágame 2 redondas pero en corcheas” y va Adriana y hace la cantidad de corcheas que caben en 2 redondas, y después pasaba Manuela, por decir, y el Prof. atacaba: “Póngame las 2 redondas pero en negras” Y va Manuela a hacer la equivalencia… ¿Y si no te acordabas? ZAZ!!! La cagada fantasma. Qué huevos.
Dos cosas hacían más horrenda aquélla clase: los que íbamos pasando, si no íbamos por lista, íbamos pasando de acuerdo al lugar donde estábamos sentados –no recuerdo cuál de las dos fue el método- y, la segunda cosa, era que, cuando te tocaba hacer los míseros círculos de las figuritas esas, a puro huevo, A PURO HUEVO, tenías que hacer, primero la mitad del círculo abajo, y después la mitad del círculo arriba. Si no lo hacías así… ¡TOMA! Te caía la regañada del Mandibulín.
Más o menos unos tres meses después de haber comenzado las clases, allá por 1991, los que fueron a sufrir todo el merequetengue de las corcheas, negras, fusas y difusas, fueron los de Comercio o del Aqueche –para variar, no me acuerdo- porque el Prof. hizo intercambio de plazas y llegó, en su lugar, la muy bien y gratamente recordada Seño Palmi.
La misma que dejó por un lado a Bethoven y se esmeró en que aprendiéramos de memoria “El Hombre de Crogmañon”:
El hombre de Cro,
el hombre de Ma,
el hombre de ñon…
El hombre de crog ma ñon,
pedrito pedrusco pedroso era un hombre de piedra y de gran corazón,
la la la”.
Estoy seguro que la Seño Palmi, se merece un capitulo aparte.
Abrazos clásicos y besos musicales para tod@s.
Comentarios
Te acuerdas Jessy que fue asi como tu y yo empezamos a ser amigas, ni modo tu como siempre super pilas te sabias todo ese rollo de las corcheas y semicorcheas, yo mi amor, le di mil gracias a Dios cuando llego la seno Palmi.
Ada te acordas como siempre queriamos que nos hiciera una audicion? jajajaja que dias aquellos!!!!!!
Tenes razon, el salon era verde y muy obscuro, con la marimba q nadie tocaba....