Un misterioso recuerdo que ha venido del pasado.

Entre todas las cosas que debo hacer, siempre necesito un pequeño espacio para respirar. Pero, siendo franco, lo de “pequeño espacio” es solo aparente. Así dice uno: “solo un ratito”, y resultas perdiéndote casi toda la vida en cavilaciones (por no decir: “babosadas”).  Nos suele pasar, por ejemplo, cuando entramos al Facebook ¿no? “Sólo voy a ver quién me escribió” o “A ver qué hay en el muro, un ratito nada más”… ¡ZAZ! Cuatro horas después salís despavorido gritando “$%&%/!!!! Ya es tarde!!!” . 
Si me pasa a mí… supongo que también a tod@s, verá?

En esas estaba, buscando ese espacito entre todas las cosas que debo hacer. 
Suspiré, recosté mis codos sobre la madera del escritorio, me abracé la cara, agaché la cabeza, cerré los ojos, y enrede mis dedos entre los cabellos negros que todavía cubren mis sienes… los llevé hacia adelante y hacia atrás… una y otra vez, y otra más, y otra más… y, de pronto, sin siquiera darme cuenta, entretanto el “sobijeo” de mis dedos, mientras me frotaba la cabeza, cual frotara aquélla lámpara del genio que te concede los deseos, así, como por magia y estrepitosamente… estaba yo de vuelta y sentado en el pupitre de la clase de 1º C, en los últimos pasillos del legendario Martínez Durán.

Entre la bulla de los patojos compañeros, que somataban las pelotas de plástico rayado: azul con blanco, rojo con blanco, amarillo con blanco, que cualquier tienda te vende todavía sólo que 5 quetzales más cara… pero que sigue con su magia. ¡Tanta sumida desgraciada que hizo caca las paredes o dejó bien marcadas algunas piernas! ¡Hubo también paletas de ventanas que no lograron escapar a esas matadas!

Y entre el cuchicheo de las nuevas señoritas que apenas y experimentaban los labiales carmesí, y que se auto tiraban besitos frente a los espejitos de sus carteras, sólo para verse más fresitas, mientras se contaban las últimas regañadas que les había dado su mamá. ¡Así eran las patojas! Buscando consuelo a través del desembuche de las penas.

Y, ahí, en la clase, yo miraba para afuera las sumidas, y miraba para adentro las patojas, que seguían la rutina o el ritual de la estilística: “me pinto los labios, me acomodo la falda y me subo o compongo las calcetas, y después hago dibujitos en tu cuaderno con mis lapiceros de colores”.

Bueno. Ahí volví. Al lugar aquél. Al intermedio necesario mientras salía una maestra y venía el profesor o viceversa.

Y de pronto… al contacto de mis dedos con mi pelo… algo pasa: 
Todo comienza a detenerse... 

¡Rayos y centellas comienzan a entreverse en las paredes 
y un viento fuerte revolotea los papeles!

¡Cargas eléctricas se esparcen alrededor de aquéllas gentes!

Y entre truenos y ventiscas poderosas, se yergue mi figura lentamente…

…en medio de las filas, se corren violentamente los pupitres,

las luces se balancean por la fuerza del aire que las mueve y parpadean

dejándonos en oscuridad a medias… 

y los chicos que regresan a la clase en estampida, tras divisar al profesor que se aproxima, alzan la mirada y contemplan, estupefactos…   
las chicas atormentadas huyen despavoridamente...

y todos, uno a uno,

abriendo los ojos hasta donde ya no más se puede… solo pueden, al verme….

alzar su mano…. señalan con el dedo a mi cabeza

y sorprendidos y aterrados por el poder de mi presencia sólo atinan a decir… 
a señalar... a gritar... 
a invocar el poderoso nombre de... 
¡KISHPINATOOOOORRR!!!

El barbero ha sido el despiadado que ha logrado amoldar mi cabellos en tres poderosos cortes: ha quitado el pelo en los laterales y lo que quedaba en la testa, cual sierra circular que corta la madera o sable samurái que parte el viento en paralelo, ha aniquilado los flequillos, dejando por melena, un poco de “mozote” y nada más. 

Y con ese atrevimiento… ha nacido mi leyenda: 

¡Kishpinator! 
El hombre del pelo completamente cuadrado y pequeñito 
que se ha convertido en la burla de todos los demás 
(por no decir la envidia).

Kishpinator Versión 2.0

He vuelto allí, porque esa sensación de mis dedos sobando mi pelo en mis tiempos de “flat top”, eran únicos.   

A las patojas les daba nervios, y a los patojos les daba risa. 
A mí, después de un tiempo, me daba igual.

Claro. Saliendo del Martínez, me entró la rebeldía y nunca más volví a cortarme el pelo, que me creció y llego casi a la cintura. Esos también fueron otros tiempos.

Dice la Dorothy que yo juraba que nunca me iba a cambiar el estilo. Heme aquí. Creo que, en cuestión de pelos, he madurado ya. (jajajaja!)


Bienvenid@s a una nueva época.

Zarpamos otra vez para emprender un nuevo vuelosubmarino.









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